El maltratador que hay en mí

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Me cuesta comenzar a escribir este testimonio. Tengo miedo de expresarme mal o de ser malinterpretado. Pero al mismo tiempo una profunda necesidad de hacer política primera desde lo personal, poniendo mi cuerpo. No quiero hacer un pronunciamiento ni una proclama. Quiero hablar a partir de mí.

Todo empieza al leer (hace ya días) el artículo de June Fernández, “El maltratador políticamente correcto”. Me siento interpelado por él. Personalmente, como Juanjo, con mi bagaje, con mi historia. No quiero diluirme en el movimiento de hombres por la igualdad, ni mucho menos pretender salvar su honor. Entre otras cosas, porque ni creo que el artículo de June lo haga ni, aunque lo hiciera, ¿quién sería yo para defenderlo? Demasiadas veces he visto que los hombres cuando ejercemos violencia podemos hacerlo (o no) uno a uno, pero a la hora de justificarnos tendemos a hacerlo en grupo. Apoyándonos unos en los brazos de otros. Intentaré no caer en esa trampa. Tampoco lo siento únicamente como una diatriba contra un determinado hombre destacado del movimiento (aunque lo es también, por supuesto), sino como un dedo que me apunta también a mí, al maltratador que hay en mí.

Digo que voy a poner el cuerpo. Sería imposible sentir el dolor que expresa June en su escrito, pero para mí intentar sentirlo es el principio. Y al intentar conectar con él me surgen una serie de preguntas: sobre las ocasiones en que he ejercido violencia, escondido bajo lo políticamente correcto, incluso bajo la capa de cordero del profeminista. Las palabras de June, cambiando algunos detalles, las siento dirigidas a mí, a las ocasiones en que he ejercido violencia “luz de gas” sobre mis compañeras. Mis compañeras que me lo han hecho notar con palabras parecidas a las de June. Preguntas sobre las ocasiones en que el pequeño estatus de hombre profeminista se han convertido en otra forma de privilegio masculino. Otra forma de ser admirado, de ser convocado a conferencias, talleres, charlas en las que he desarrollado un personaje que muchas veces tenía que ver poco conmigo. A veces he visto más coherencia con los valores igualitarios en hombres alejados de la “militancia” feminista que en mí mismo.

Durante muchos años he participado en grupos de hombres, he hecho bandera de la “revolución interior pendiente” de todo hombre. Pero ahora veo que, aún siendo necesario este trabajo personal en compañía de otros hombres, muchas veces, seguramente sin pretenderlo, hemos acabado mirándonos demasiado el ombligo y tapándonos las vergüenzas unos a otros. Creo que son necesarios espacios mixtos en los que ellas nos toquen la cresta de gallo que nos vuelve a crecer a la primera de cambio.

Las palabras de June las siento como una sacudida necesaria Una sacudida que espero que se convierta en “incomodidad productiva”, en palabras de Jokin Aspiazu. No aquel malestar pasajero que en la tradición judeocristiana puede llegar a convertir el victimario en víctima, cuando descarga su mala conciencia para seguir haciendo lo mismo. Por nada del mundo querría empezar un “coro de plañideros”. Siento la necesidad de ser sincero, de desnudarme íntimamente, sin falsa modestia, con humildad, pero con decisión. Decirme aunque sea una sola palabra, pero que sea mía, auténtica. Por eso mismo, en este escrito prefiero huir de la “jerga” al uso. Siento que estoy en camino, pero muchas veces tengo que pararme para ver si voy por el camino por el que quiero ir.

Y si alguien, algún otro hombre, quiere seguir conmigo, pues ¡adelante! Me gustaría utilizar la etiqueta del “#Metoo”, pero hacerlo sería otra usurpación. Siento que necesito pararme, reflexionar, aprender ¿Cómo puedo sanar tanto dolor como he hecho a todas mis “Junes” y el que me he hecho a mi mismo? ¿Cómo puedo continuar mi camino, solitario o en compañía, pero escuchando las voces que me vienen de la otra mitad del cielo?

Juanjo Compairé